lunes, 29 de diciembre de 2008

Me decías la verdad,
Qué miedo que daba que dijeras la verdad,
Que me miraras como se mira sin mirar
Y me dijeras que estabas muerta.

Si te vieras la tristeza entre los ojos,
Si te asomaras a la soledad de tus pasos,
Si te arriesgaras a sentirte la piel,
O la resignación en la tensión del rostro.

A dónde te escondías todo este tiempo,
No alcanzan las selvas de tus sonrisas,
Las sierras de tus caprichos,
La inmensidad de tu silencio.
A dónde escondías tu muerte joven.

Por qué madrugar a mi poesía,
Era valiente todavía antes de esta noche,
Por qué, por unos abrazos sin fuerza,
Por una eternidad de costumbres.

Vamos, quiero un tercer día,
Quiero ese verso de valentía,
Aunque cueste el desamor,
Aunque no te provoque ni un rubor.

Que nos queda la esperanza,
De que el mundo no sea así,
De que si me voy
Es porque no había nada mejor para hacer esta noche
Que no fuera extrañarte.

El frío de Junio en el suelo de la estación,
en los agujeros del pantalón,
en el cuerpo de Maximiliano,
en las veredas de Avellaneda,
en el viento sobre el puente Pueyrredón.

El frío de Junio entre las chapas,
sobre las vías del tren,
que se cuela hasta las aulas
y a dónde quiera que estén.

Estén en la calle, sobre la vereda.
Porque Junio no es frío sobre el asfalto.
Porque se encendió un neumático, sobre el asfalto.
Porque Junio nos mostró calor revolucionario.

Calor revolucionario en unas piernas que corren,
y corriendo vuelven, vuelven para que no se quede solo,
porque los compañeros no mueren solos.

Que frío que está el mundo, que suerte que me tomaste la mano.

Calor revolucionario en la sangre de Darío,
En la certeza que le abrió la cabeza,
En la firmeza de su grandeza.

Ya nos enseñaron la tristeza, y la tristeza no es nuestra,
El hambre lo provocan ellos, las muertes son de ellos.
Toda la alegría es piquetera, cuánto los admiro.
Cuanto los admiro Maxi y Darío,
Pudieron decirle al tirano que la muerte es mentira.
Mentira como todos los titulares de su televisión.

No están solos en este invierno globalizado,
Mil manos se acercan a sus vidas y sus muertes,
Nos hacía falta para cambiar el mundo,
Para incendiar esta farsa,
Tanto calor revolucionario.

A veces quisiera no ser éste que camina

A veces quisiera no ser éste que camina,
Para no tener tiempo a pensar
Que no le alcanza al universo su vacío
Para abarcar que te hayas sentido en soledad
Para no caer en cuenta de lo evidente
No hay tregua más amarga
Que acostarse sin tu sonrisa de jacarandá.

A veces quisiera no ser éste que escribe,
Que se me entumezcan las manos
Y que el astro cualquier evidencia decline
Que se callen los perdidos, y que reine el tirano
Que fuera la historia al revés.
O al menos que yo la creyera como es.

A veces quisiera no ser éste que te quiere,
O al menos que quererte tuviera otro nombre
Que no fuera eterna fascinación,
Que el prado de tu cintura fueran lucecitas de una ciudad,
Que lo que predican tus labios sea verdad,
O que al menos fuesen besos.

A veces quisiera no saber,
Ni de rosas, ni de cristales, ni de eternidades
Para no poder arriesgar la poesía,
Para poder ser el cobarde que se permite el alarde
De tener la gallardía de derretir tu paraguas,
De ser capaz de la impertinencia de mojarte de pies a cabeza,
De colarse por tu labios, tu garganta y tu alma
Y demostrarte que aunque nada fuese fatal,
Aunque los héroes declinen su dignidad,
Y el bosque se hiciese un centro comercial,
Y el monte rechazara a los sublevados,
Y tus oídos a mis versos cansados,
No hay caso es imposible esquivar,
La bajeza y la agonía,
La gloria y la alegría,
El infinitivo imperativo de tenerte que amar.

domingo, 28 de diciembre de 2008

Te voy a extrañar



Te voy a extrañar
He combatido
en mi cama
y hasta en los lugares más pervertidos
como lo fueron sus ojos
Si tengo una tristeza
es sentirla cada día menos
Tengo una esperanza
que es dejar de pensar en mi orgullo
que tiene razones que me convencen
de que no hay justicia,
como para lograr la mercancía
aquello que no pude,
aquello en lo que creí poner mi empeño revolucionario.
Si la vida es eterna en cinco minutos
por qué es injusto decir que a mi esfuerzo le bastaba eso.
Me digo que hay que aprender a llorar,
y reparar este desastre que he hecho en mi con ella.
Miren mi poesía que ha perdido consistencia,
miren mi esfuerzo ha perdido su insistencia,
miren mi amor que tiene más de ego que de sincero.
He tomado mi mundo de nuevo,
es un velo de tristeza en la mañana
pero los hombres no le temen a la neblina,
poco caso le hacen. No hay ocasos.
Endurecerse. Como lo fue tu amor, compañera, si, compañera.
Sin perder la ternura. Como lo fueron tus ojos.
Jamás, como los nomeolvides que fueron flores y hoy son certezas.


sábado, 27 de diciembre de 2008

Alguna vez te asfixiaste con su aliento




Alguna vez te asfixiaste con su aliento

O te abrazaste a sus labios para huir del frío

Tuviste ganas de tomar por asalto su vientre caliente

De levantar un mundo distinto en el valle de su espalda

Alguna vez quisiste defender tanto entusiasmo hasta con el último aliento.


Entendiste la violencia de los suspiros.

la justicia de su impactos, la fuerza de su tacto

y te dijiste que el mundo era una mentira.

Mentira el calor de una manta. Mentira la libertad de los mercados.

Mentira la gesta acabada de nuestro próceres.

Entendiste todo lo que no te decía, en sus suspiros.


El mundo que se levanta en el barro y las sonrisas de los niños,

El mar de sus lágrimas y los diques que lo contienen,

Quien se ha alzado contra los silenciosos paredones,

ha sido fusilado allí mismo o ahogado en el mar,

Quien se ha alzado seguirá sublevado.

en el mundo que se levanta en el barrio y las sonrisas de los niños.


Demasiado motivo saber que hay que defender hasta con el último suspiro,

el mundo que se levanta en el barrio y las sonrisas de los niños.

Tenerla al lado, a su aliento y a sus suspiros.

Que te digan compañero y amigo.

Demasiado motivo para hacer el intento.

Demasiado motivo para haber combatido.

lunes, 22 de diciembre de 2008




Alguien se ajusta los cordones
porque también se ajusta el cordón policial
Alguien canta, y se escucha cantar
a si mismo en los miles a su alrededor
Por fin algo de libertad en la ciudad
Alguien mira y se deja mirar
hay tanta luz en la avenida
Todos se juntan y juntos van
a ver si en la plaza San Martín
ya es de mediodía

Tanto de colonia tiene esta ciudad
escondido en los ladrillos de su catedral
en el césped bien contado de su plaza central
en la fachada del banco multinacional.
Cada tanto, sin un motivo más exacto
que la exacta necesidad, la exacta libertad de rebelarse
Cada tanto la avenida declara el paro general
y se levantan los cordones de las veredas
y los vidrios se suicidan del espanto
Abandona su concurrida soledad la plaza central
Lo acompañan los pasos y el esfuerzo de los valientes
Nada se esconde bajo la capucha
ese es mi rostro, ese es el rostro igual de todos
Nada destruyen esas piedras
sólo golpean contra la mediocridad, la injusta mediocridad
la mediocre injusticia.

miércoles, 17 de diciembre de 2008

Suenan los tambores

Antes que nada, quiero desligarme de la responsabilidad de que este texto no se publique en su totalidad. Así me lo dio Facu. Así lo leimos todos.


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Suenan los tambores. Jamás me creí capaz de semejante represión. Juzgué sin pruebas que debía desenredarme el pelo.

En realidad para dormir por las noches me digo que fue por higiene, una batalla contra los parásitos. Sé, sin embargo, que fue un acto de envidia, escudado en los preceptos de una civilización que me ordena cortar de raíz. Una mañana los vi a todos juntos, abrazándose, casi como si fueran una sola entidad. Pensé que semejante unidad despreciaría mi individualidad, que atacaba mi estética, que escondía en su masa. Mi muerte. Tronaron en lo alto las cascadas de la guerra. Había que ver si mojándolos se desconcentraban, posiblemente ni sería necesario pasar a mayores. Empapados de raíz a punta demostraron que aquella unidad forjada con tanto esfuerzo en las cálidas noches, entre vapor de sudor y los quejidos de un ventilador, no cedería a una provocación cobarde. Entonces apelé a la individualidad, debía separarlos para disciplinarlos. El compañero no es confiable, aceite entre él y vos. El compañero es terrorista, aceite entre él y vos. El compañero nos va a hacer matar, aceite entre él y vos. El compañero te usa para salvarse, aceite entre él y vos. Pibe, tenés que entender, las cosas no son así, éste es un loco, aceite entre él y vos. No me creyeron. Ya lo sabía. Desde el principio sabía que nada de eso iba a resultar, pero tenían que pensar que me importaba que pudieran elegir la rendición, había que darles una segunda opción. Cuando todo estuviera perdido esto serviría para que se deslice la triste sumisión de la individualidad. Tuve que mandar a los soldados, nunca quise les dije a las madres de los muertos, la situación lo exigió le expliqué a la prensa. Pero lo cierto era que los cincuenta cabezones estuvieron todo el tiempo preparados, formados, cuadrados, con esa seca expresión militar en la cara, al alcance de mi mano. Los manuales aconsejaban empezar por las puntas, por aquellas regiones de la periferia de la organización que cederían más fácilmente permitiendo obtener información y lugar vital para desarticular todo el resto. Yo conocía desde el nacimiento al pueblo que me enfrentaba. Un pueblo de naturaleza tan ruluda se hacía invencible en las puntas, se tomaban por los brazos unos a otros hasta ser casi un nudo, una pared capilar invencible. Creí que lo mejor sería probar un ataque general hasta encontrar el eslabón débil. Demasiado temprano caí en la cuenta de aquella táctica estaba errada. Entonces recordé algunas batallas. Comencé los ataques por la zona derecha del frente. Cuando logré el primer avance el frente fue flanco y comenzó la carnicería. A veces ni eso. A veces cambiábamos de lado para atacar y de eso surgió la curiosa observación de que las derrotas en un flanco de los rebeldes repercutían en la unidad entera. Deduje que esto se debía a la aniquilación o disciplinación de cuadros importantes, de largos e intrincados factores de unión. Los muertos se acumulaban abrazados aún a los pies de los soldados. Cuando me di cuenta de que faltaban los dos primeros soldados, que yacían inertes en el suelo, era tarde o vencía o me humillaba. Y la batalla siguió cada vez más encarnizada, cada vez más sangrienta. Cada tanto repetía aquello de que tenés que darte cuenta el compañero nos está matando, aceite entre él y vos. Cada vez funcionaba mejor. Muchos prefirieron disciplinarse cuando vieron venir a los soldados con pies de muertos. Y en lo más violento de a batalla, cuando creía que mi ferocidad triunfaría, los soldados se sublevaron, se arrancaron de cuajo de mis órdenes. Se unieron al festejo de los vencidos que obtenían su victoria más importante. Si yo hubiera podido quizá hacía lo mismo. Ni siquiera pensé que podían ser rehenes en aquella jungla. Seguí con mis manos. En primer lugar retiré a los soldados y los descarté como muertos, aunque siguieran vivos andaría este mundo como muertos. Los separé a los que quedaban en